miércoles, 18 de mayo de 2016

#224

Soñé que iba a un camping sólo, era de noche y no tenía carpa. Había llevado para hacer asado, había mucho viento, estaba frente al mar y comenzaba a llover.

Encontré reparo bajo un gran árbol y comencé a hacer fuego, por debajo del árbol y por encima de la lluvia.

Era primavera, lo supe por el polen en el viento.

sábado, 12 de marzo de 2016

#223

A la burbuja se vuelve, en ella se escatima toda noción temporal, sobre lo viejo que estas y lo mucho que pasó sin que pasara absolutamente nada.

No hay una idea concreta, no existe patrón alguno que sujete los temblores nocturnos que suponen mis vértigos fantasmas. Sólo queda masticar papel y hablarle a su vientre sobre la sed del hombre.

Sólo queda soñar con tener el suficiente dinero.

sábado, 27 de febrero de 2016

#222

Surrealismo toma dos

El acento en el dos del folcklore nocturno, terca rumba marina que late desde el corazón de la Luna.

Me sirvo en la pausa, te sirvo al pasar.
Mi musa es bien puta y le gusta brillar.
Lleva puesto un vestido de encaje negro, lleno de toda esa gente que se fue bien lejos.
Y nos roba un poco de todos cada vez que la llama su viejo.

¿Qué futuro tenemos los hombres después de tantos siglos a los besos sin poder concretarla?
¿Y qué nos trepa por el bobo cuando nos compadecemos de su viejo?

¿Y de qué tregua me hablás cuando le rezas a la cofradía de almas sedientas?
 Que por culpa de ese Dios pagaron por querer ver más de lo que supieron entender.

Y esa Luna maldita licuada al frappé de repetirnos sin saber porqué.

Vos. ¿Qué verdad incompleta tuviste que decir para verla?
¿Qué te pica que tanto la devorás?

¿Qué nos importa rimar y permanecer con el brazo en alto brindando?
Si la espuma siempre apura y de reojo los vasos transpiran.

martes, 2 de febrero de 2016

#221

No tengo yerba, no tengo off, no tengo laburo.
No me gustan las cortinas y me sobra tanta prisa.
En mi living los boldos me observan, son 9 los boldos.
Es que ya no tengo malestar y debajo de mis sábanas un cielo amarillo no me deja ver azul y las estrellas.
En la calle le tiran a niños y nadie dice nada, no les gusta pero no dicen nada, les parece bien y necesario ese silencio.

¿Y qué te parece ese tal Dios?
Ocupa un buen lugar... Es un ente polimorfico que rara vez escapa de su transparencia y designa nuestros destinos calibrando los grandes imanes del universo.
Algunos le llaman conciencia propia o discernimiento; otros sostienen que es la cuerda de la que se sujetan los mortales al pensar en el vacío que les provocaría su final, el silencio de una mente que no es, ni llega a ser ni siquiera silencio.

Somos reinas y reyes de un mundo que vaga encima de una tortuga a través de un mar de puentes colgantes y su irremediable e infinito laberinto inconcluso.

A mi cocina también le dicen living, allí viven los 9 boldos, sospecho que son parientes todos entre sí. Me observan y debo de cocinar bife de pollo y ensalada fría en calorías. Debo de adelgazar y ser mejor, debo crecer para poder morir siendo mejor.

A mi planta la mató el Sol, ese tipo también la enamoró. Se olvido de beber de tanto depender de él, no hubo que hacer ni a quien reprochar, no hubo testigos ni forenses que pudieran volver atrás. No los hubo jamás.

Humanos y las películas, humanos y su música. ¡Humanos la tragedia por favor!

Mi planta en realidad sobrevivió, esta más vieja y arrugada, y sigue viendo a ese mal amante el Sol.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

#220

La penumbra, la construcción de un ciclo maquinario, la necesidad de leer para escapar de una humanidad obsecuente en su incomodidad. El calambre de mis dedos torcidos y su olor a cigarrillo traicionándome.

En las esquinas del viejo barrio, la bruma de un verano tardío complica la transatlántica costumbre de vivir mirando al norte, las lucecitas de navidad haciéndose pasar por estrellas.

Los diferentes dueños, guardianes del jardín de las edades, y su recorrido apelante; En constante desafío de los designios del gran imán que junta átomos pariendo formas bajo las reglas de la flecha del tiempo.

¿Qué me llevó hasta aquí? ¿Qué me impide abandonar mi existencia?
Mi mente se vuelve insoportable ante la quietud, lo asfixiante de estar sumergido en el silencio.

Debía de resolver un caso tras otro, debía de llevar mi celular a todas partes, hasta en el baño. Me preguntaba la hora mientras orinaba, me preguntaba por qué.

La batería y los impuestos, los supuestos y el debate interno, la sociedad y los precios. Todo cabe en un instante y para siempre en la mente de los hombres, todo tiene sus etiquetas de diseño y su pequeña porción de selección artificial. El gran colador tiene cemento, smog y una pizca de neón.

Ya podrán entender por qué no me gusta esperar. 
Me estoy quedando sin batería y la música es suficiente, al menos hoy!

jueves, 26 de noviembre de 2015

#219

Son las cuatro de la tarde del año 1997, tengo siete años y en la radio suena Pubis Angelical. Es una de esas tarde de llovizna, es un recuerdo plateado: Estoy en mi balcón de la calle Obispo Trejo, dibujando el edificio del frente con demasiado detalle, pues todo tenía demasiado detalle para mi edad. Lo curioso es que no iba a conocer esa música hasta terminada mi adolescencia, así es la naturaleza retroactiva de mi memoria incremental.

Ya había mudado muchas veces de alma para mis siete años, mi cuerpo supo mantener cierta estabilidad, al menos en aquellos años. Aún así habían ciertas cosas que me marcaban:
Una campaña de solidaridad, una estética errada en las plazas, una falta de correspondencia entre la felicidad y las caras. Recuerdo que si era afortunado me llevaban al Oasis, ese lugar que me sofocaba cuando llevaba puesto pullover, un lugar que me dejaba afiebrado de tantos colores, luces y comida rápida. Había algo que estaba mal para mi edad, siempre me sentía más a gusto cuando volvía a la humedad en el aire y las paredes renegridas como testimonio de algo que alguna vez fue nuevo y ya está vencido. Si, siempre me sentía mejor al salir pero quería volver. Quizás hoy puedo pensar que era adicto al golpe de realidad: Me gustaban las imperfecciones de la calle y la quiromántica tristeza que producían mis palmas sobre las ventanas de aquellos coches en movimiento.

Volviendo al recuerdo, en los días de lluvia, cuando todo era plateado, siempre era mejor relajar los karmas. Era el momento de retratar edificios con la precisión de un futuro arquitecto, aunque años después hubiera terminado redactando para el imaginario individual una imagen subjetiva de las formas. Era el momento de construir ciudades enteras en el living y de dilear con las relaciones interpersonales de sus habitantes, con sus articulaciones pobres y sus cuerpos sintéticos.
Había que dejarlos engañados e ir a baño sólo para volver con último sigilo a espiarlos, sólo para verlos discutir sobre su Dios y Patrón, y de por qué nadie les preguntó los oficios que les fueron impuestos. Sin embargo ninguno nunca respondía y ese era el juego, estaba bien, después de todo había que relajar los karmas. 
Lo instrumental de Pubis Angelical ya termina, pero si algo aprendí es que hay discos que son tan buenos que realmente nunca terminan. Lo mismo pasa con los recuerdos y la naturaleza retroactiva de mi memoria incremental

¿Así era?

Fue uno en el noventa y uno.
Fueron dos en el noventa y dos.
Fueron tres en el noventa y tres.
Fueron cuatro en el noventa y cuatro.
Fueron cinco en el noventa y cinco.
Fueron seis en el noventa y seis.
Fueron siete en el noventa y siete.
Fueron ocho en el noventa y ocho.
Fueron nueve en el noventa y nueve.
Fue casualidad.

martes, 27 de octubre de 2015

#218

Artesanos de enfermedades, ignorantes del gran Ra americano, llegaron con la invención del pudor. Trajeron su libro y los nombres de las cuatro estaciones.

Es húmeda mi ciudad, es una brisa cuando la tarde cae y la noche aún se resiste de ser.
Es un punto de inflexión elemental, las cuatro energías de la especie humana moderna y su árbol padre sin raíces:

  • La hiper-información, esos primos mutantes de la electricidad y su affaire inevitable con la comunicación. 
  • El sexo y el vapor, lo nuclear del diablo, el callejón vacío y su temblor inconsecuente que refleja millones de penas en algún que otro continente, las sirenas lejanas como tragedias de ficción, de películas en Nueva York.
  • Ahogados gritos de gol entre pilares de cuatro paredes y lamparas colgantes, de radios perdidas y bares repletos.
  • Imágenes codificadas, el ser humano, la hormiga, el universo. La necesidad de mentirle a nuestros hijos para seguir viviendo.

Es la gran especie de humanos peces y su buena memoria, ya habiendo olvidado piensan que hubo algo bueno.