Mirábamos al Sol caer, desde aquel lugar que es brisa y ecos lejanos. Se aferraba sin consuelo a esta jungla en movimiento pues sabía que tenía que obedecer al tiempo.
Había algo tan extraño, se sentía tan conocido. El espacio se podía cortar con las manos, una ligera y refrescante soledad.
¿Anochecer? ¿Será costumbre de los citadinos apagar los corazones? – Me pregunté en silencio.
Sin saber porque empecé a gritar:
“Se acerca la tormenta mis queridos pájaros de poca monta. ¡Arriba todos! En el cielo, escuchen atentamente esos gritos. Son los dioses que nos regalan un poco de su libertad. Subamos a los techos todos juntos. Subamos y gritemos por gritar, liberemos las cadenas de nuestra prisión, destruyamos la censura. Nos conquistemos, nos aborrezcamos. Seamos expresión nada más, dejemos de lado a la razón. Respiremos este frío viento que perpetuamente acaba. ¡Por favor dense cuenta que solo existe este momento!”
Muy respetuosamente la tormenta me dejo terminar aquel grito sin razón y comenzó a bailar su pequeño ritual. Ritual que todos desafortunadamente bien sabemos ignorar.
Y yo me dispuse a morir en sus brazos, una vez más…
Tema de Pototo
Intérprete: Almendra
Autor: Eldelmiro Molinari, Luis Alberto Spinetta
Para saber como es la soledad tendrás que ver que a tu lado no está quien nunca a ti te dejaba pensar en donde estaba el bien, en donde la maldad. La soledad es un amigo que no está es su palabra que no ves llegar igual. Si es que sus sueños son luces en torno a ti tu te das cuenta que él ya nunca ha de morir, nunca ha de morir. Al observar como muere la flor tu verás que también muere la paz es que esa paz revivirá en su voz la flor te la dará para plantarla igual. La soledad es un amigo que no está es su palabra que no ves llegar igual. Si es que sus sueños son luces en torno a ti tu te das cuenta que él ya nunca ha de morir, nunca ha de morir.
La música no me deja escribir, suena cada vez más fuerte. Me obliga a sentir a las apuradas, escupiendo las ideas, sin censura. Surrealista expresión. Esto es filosofía barata, es descripción de lo vivido con un poco de locura. Autos que vienen y que van, dejando el viento nada más. Veamos: Miraba el monitor, espejo condición. Reflejo con derechos de autor. Pedía café, siempre pedía café. Transformaciones de ojos despiertos, veloces y tóxicos. Tiembla el cuerpo, es la emoción. Tiembla al sonar el réquiem de este laborioso sólo de voz. Sudor en la espalda del que camina en la noche sin saber del frío. Sudor que es destino ya conocido, que el caminante ha repetido. Caminar es conocer los momentos, ver gente repetir movimientos que para todos cada vez más nuevos. Llorando como un niño que cayó, llorando del susto sin dolor. Besos en el cuello, ¿Quién no quiere besos en el cuello? El perfume de la ropa es pasado agridulce, es sonrisa de puños cerrados. Las miradas de a momentos y disfrutar de los silencios.Ya me tiemblan las manos, al café se le fue la mano. Intoxicado trato de volar, aunque sólo sea para encontrar reposo en el árbol más alto.Jugando me alejo, viendo los dados caer entre los vasos que habré de tomar. Pienso: “Este instantáneo tiene que terminar”.
Los habitantes de ese pueblo me dijeron que detrás de aquellas montañas se encontraba un valle escondido, aun no descubierto por el viento (había que mantener el secreto). Valle escondido ocultaba único habitante (o por lo menos el más carismático de por ahí): el Gran Árbol, dueño de los siete colores del País del Sol. Se decía que sus raíces recorrían todo el valle y las montañas aledañas. Comunicando vida e Internet banda ancha a todos los pueblos que lo veneraban.
A medida que me acercaba al Gran Árbol, llamado también Árbol de la distribución, una divina sensación de humedad me iba descubriendo. Me tomaba de la mano y me llevaba hacia mi destino en un confort de pocas palabras, como queriendo imitar al viento. Hasta que al fin, después de largas horas de espera, estuve de rodillas frente al dueño de los siete colores. La situación era muy extraña, todavía creo que no hay lugar mas callado que ese. Incluso los sonidos lejanos parecían rebotar contra una pared transparente de respeto y misticismo.
El Gran Árbol hablo en mi cabeza, presentándose con sumo respeto. Al hacer lo mismo casi simétricamente, me dispuse a comenzar con mis preguntas…
De transformaciones
Oh Gran Árbol, le imploro su sabiduría. Quiero entender las transformaciones. – Dije mirando el suelo.
Expectante aquel señor de señores, poderosa imagen mental, me observaba detenidamente como arrinconando a la razón. Y así como quien viene de repente, dio un paso hacia delante, me hizo temblar el alma.
Tú quieres poder jugar con las miradas, concebirlas y finalmente aprender a conocerlas. – Suspiró en una melodía hermosa.
Sonreí frente a tanta verdad tan desconocida y familiar, asentí con la cabeza aún mirando el suelo.
Para entender a las personas tienes que poder llegar a sus ojos, su labia o sus movimientos, levanta tu mirada y píntame por primera vez. – Afirmó aquella voz.
Al primer contacto, surgió algo que ni las propias palabras pueden entender y a través un mensaje se dejo caer, decía así:
“Somos tan diferentes hijo mío, tan únicos y maravillosos, tan entupidos y egoístas. Eso que suelen decir sobre la apreciación es verdad. Figúralo así, cada vez que percibes a alguien (Y eso suele pasar rara vez en este tan poblado continente) esgrimes toda tu subjetividad, toda tu experiencia, toda tu imperfección. Como colores utilizas todo tu complemento y pintas a esa persona en tu memoria (Presente, pasada y futura) en ese mismo lugar, a ese mismo momento. Y así, casi mágicamente, esa alma pierde una parte que pasa a ser tuya, como también tú vives perdiendo algo entre los roces de la existencia. Para lograr comprender las transformaciones de la vida, sus diferentes formas (Formas que son personas) es necesario saber que damos una parte a todo el mundo con sólo estar entre la gente y que la gente nos roba algo que sin saber es suyo también. Si es amor o si es odio, si es atención o indiferencia, no importa. Hay que tener bien claro que no es ajeno ni propio, es de todos.”
Necesitas dormir para aclarar las cosas. - Pronunció y la luz extinguió.
Interludio
Yo poseo una habilidad, bastante particular, casi única (digo casi por que me es imposible demostrarlo en su totalidad). Básicamente puedo dar vida a un mundo entero en mis sueños y poder recordarlo, ahí fue donde tuve mi primera ‘orden’ (si se puede decir es esa manera) de visitar al Gran Árbol. Y así desde mi nacimiento y entre vigilias organicé una gran ciudad llena de imposibles.
Siempre paseo entre las calles, construyendo y recordando. Pero después de las transformaciones, algo diferente deleitaba mi ciudad. Era rojo y viento cálido en las noches (nunca hubo sol en mi ciudad, simplemente no me gustaba), veía a la gente con piel de gallina, todo apocalíptico pero de manos tranquilas.
La distracción era demasiada, no sabía como perdonarme ante esa persona que choque.
No hay problema. – Soltó en respuesta. No me llamó la atención, a pesar de que no la conocía. En mi ciudad mis personas tienen hijos y son sus vidas demasiadas como para conocerlas todas. Le pregunte su nombre, me respondió que los nombres no importan.
Son los silencios lo mas importante de las personas. – Pensé mirando fijamente. Aquella persona sonrío ante mi conclusión sordomuda y persiguió su camino.
Hijos de puta en mi cabeza, siento sólo el silencio, siento sólo el encierro. Tiembla hasta el fuego entre mis manos, duelen los huesos al golpear las paredes, se siente como un cable a tierra.
Me pica la cabeza, me rasco y sangro vapor. Tengo insectos en los pantalones y las manos en los bolsillos, caigo y bailo rodando entre el techo y la pared. Tengo sol en la heladera, no me deja ver que comer. Se congelan las cenizas y voy perdiendo las uñas poco a poco. Se me caen los dientes y escapan. Los trato de alcanzar, reptando entre el barro, pero las puertas y ventanas no paran de golpearme. No me quieren ni adentro ni afuera.
¡Hijos de puta!
Hijos de puta en mi cabeza que me escupen sus problemas mientras voy através de puentes colgantes, cruzando los ríos fantasmas de mi conciencia. Son juguetes rotos por ser muy niño, son anillos en el cuello, son prisiones en los ojos.
Golpeo el charco de botellas rojas, ya no encuentro vidrios en la piel. Mi camisa ya es de fuego, aspiro el humo del consuelo y acuesto el silencio entre algodones que son alma de los pobres.
Ahogo el llanto entre suspiros, fundiendo el tiempo y el olvido.
Siempre es la misma canción, da vueltas y vueltas. El cambio, miro el reloj, me escondo del Sol y siempre es la misma canción. Y la vuelvo a escuchar como cuando uno cree en algo que no puede tocar. El tiempo ya se fue del marcador, mi pulsera no me dice que hacer. ¿Esto será vivir por respirar no más? Camino el río entre luces sin alma (de prender y apagar mal diría), camino y soy testigo entre sospechosos e inocentes. Bailamos, todos culpables. Cantamos fuego hasta más no poder, marcamos alma con sangre entre plástico y metal. Y aún así siempre es la misma canción. Extrañamos nuestro cobarde remedio de soledad, algo que nunca será. Vivimos de la mano sin saber quienes son, sin saber si es que podemos ser más que nosotros mismos (más que uno). Somos la piel que te toca, literal sentimiento animal. Quiero Sol en mi bebida, desnudarla con Luna y algo del viento. Ser feliz por esa noche, esa noche de la que siempre despierto. Mientras me cantan al oído siempre la misma canción. Canción que es hermosa en su color pero siniestra en el amor.